Sobre la corrupción. ¿Es el pueblo de Bolivia intrínsecamente corrupto?

¿Es el pueblo de Bolivia intrínsecamente corrupto?

Transparencia internacional, institución no gubernamental que promueve medidas contra crímenes corporativos y delincuencia política en el ámbito internacional, ubicó a Bolivia entre los últimos países en su Índice de percepción de corrupción, una lista a nivel mundial que asigna el primer lugar al país menos corrupto.

Esta misma institución define esta práctica como “el abuso del poder para beneficios privados que finalmente perjudica a todos y que depende de la integridad de las personas en una posición de autoridad”. Su metodología se basa en encuestas llevadas a cabo a personas de negocios y dirigida a entender esta práctica en el ámbito de las instituciones públicas. 

Nosotros abordaremos el problema desde otro ángulo; intentaremos dar una respuesta analizando a las personas antes de que asuman un cargo público o accedan a una situación de autoridad.

Al suponer que el puesto que ocupa un país en el Índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional es el reflejo del grado de descomposición de sus más importantes instituciones, tal vez respondemos a la pregunta sobre el nivel en el que se encuentra ese país. Pero, si para responder a la pregunta del epígrafe en lugar de tomar el parámetro institucional, tomamos la sensibilidad ciudadana ante el fenómeno, es decir su manera de pensar íntima y particular y sus valores morales y su ética, entonces, y sólo entonces, tendremos una respuesta a la pregunta sobre si un pueblo es esencialmente corrupto; mientras tanto sólo contaremos con lo que un hombre de negocios percibe de sus instituciones. 

¿Cómo reacciona el ciudadano común en presencia de un hombre público sospechoso de corrupto? ¿Se siente molesto? ¿Le concede un trato respetuoso, cortés? ¿Elude su contacto o al contrario busca un acercamiento? ¿Le es indiferente? Y en un plano personal, íntimo: ¿siente molestia o envidia cuando ve a un personaje público ostentar sus lujosas adquisiciones producto del enriquecimiento ilícito? ¿Espera invitación a sus fiestas y le produce desazón cuando no lo invitan? Cree que la mayoría de la gente no es corrupta por falta de oportunidad y no por el freno que le imponen sus valores morales? 

Las respuestas a estas preguntas nos servirían para descubrir sus sentimientos respecto a este fenómeno y así predecir su inclinación a seguir en caso de acceder a un cargo público.

Pero, ¿cómo y dónde podemos encontrar esas respuestas? Las encontramos en la calle, en las peluquerías, en el taxi; en reuniones de amigos; en una plaza; en nuestro propio hogar; en fin, en cualquier lugar donde la gente practica el arte de la conversación. Es aquí, en estos escenarios, donde el ciudadano común se siente en libertad para expresar sus opiniones, y tal vez –haciendo uso de una pequeña dosis de cinismo- dé a conocer lo que verdaderamente siente con respecto a este cáncer de la sociedad. No debería sorprendernos si percibimos en nuestros interlocutores manifestaciones de condescendencia ante este fenómeno. En estos estrechos círculos de amistad y parentesco no es raro escuchar justificaciones en vez de condena o desagrado. 

No existen instituciones corruptas. Son las personas que trabajan en ellas las que cometen los actos delictivos, aunque hay organismos públicos que por la propia naturaleza de su relación con personas cuyas actividades se desenvuelven en los límites de la legalidad, se convierten en terreno fértil para la práctica de la corrupción, como por ejemplo la policía y la aduana y ahora el sistema judicial.

Cuando en un país se habla de “implementar acciones para combatir este flagelo” estas acciones comprenden entre otras: la institucionalización de los cargos públicos, el fortalecimiento de los mecanismos de control institucional y el endurecimiento de la legislación anticorrupción pretendiendo con esta última introducir un elemento disuasorio atacando el efecto y no la causa, o se quiere evitar el efecto sin acabar primero con la causa. Un fenómeno que se puso en evidencia en estos últimos años es que la institucionalización de los cargos públicos no disminuyó el índice de corrupción, más bien trajo como resultado su institucionalización: el profesional que ingresó como ganador en un concurso de méritos resultó tanto o más corrupto que el que, no siendo profesional, lo hizo por favor político. 

La corrupción ha sido comparada con un cáncer que hace metástasis en todos los organismos del estado; de cualquier manera es un mal que se instala en el ser humano en el momento de su nacimiento y permanece latente dentro de su sistema de valores cuando es una persona con integridad, mientras que cuando su sistema de valores se encuentra debilitado, se activa inmediatamente y con gran intensidad ante la presencia del factor detonante que en la mayoría de los casos es la oportunidad de cometer el delito gracias a la deficiencia en los mecanismos de control, dando, además, la sensación de seguridad desencadenando con esto la acción delictiva. La sabiduría popular reflejó este escenario con el refrán “En arca abierta hasta el justo peca”

Pues bien; si especulamos un poco y tomamos como verdadero lo dicho en el último párrafo podemos colegir que la humanidad toda es intrínsecamente corrupta. Éste sería el pecado original. Y, ésta sería la respuesta a la pregunta que dio pie a la presente nota.

En consecuencia: el pueblo de Bolivia como el pueblo de todas las naciones del mundo es esencialmente corrupto, ¿Qué factor hace la diferencia de grado? Podemos concluir que es la fortaleza o debilidad del sistema de valores de un pueblo; lamentablemente los bolivianos lo tenemos debilitado…o inexistente.

Por: OCTAVIO BALDIVIESO OLIVERA

Comentarios

Entradas populares