De abriles nublados y otras enfermedades



“-es que ya no sé qué hacer! Me siento demasiado sola” –así terminaba la conversación e iniciaba en mí una serie de pensamientos que me golpeaban como la llovizna tan molestosa de la noche.
Seria mentira creer o decir que solo a ella le ocurrían esas cosas, que solo ella sufría el virus envenenante del siglo xxi, tan revolucionario tecnológicamente, la era de la comunicación.
La soledad nos golpea a todos, a veces la venimos venir y sin darnos cuenta la recibimos con los brazos abiertos; otras no, otras veces la tomamos de golpe como un shot de tequila sin notar el lento efecto de su veneno.
En tiempos pasados la forma más romántica y cruel de asesinato pasional venia de la mano con el vitriolo, bebido en un sorbo mortífero camuflado con el embriagante vino que se invitaba a la víctima. Hoy ese veneno corre en cada uno esperando el detonante para dejarnos inválidos, para provocarnos el sentimiento más natural y terrible cuando no es por elección, soledad.
A que nos lleva? Que retire la vista de estas líneas quién no háyase sentido solo por lo menos una vez, quién no haya sentido en el alma la ausencia total de compañía.
Irónicamente invertimos varios cientos de dólares en tecnología celular, pero reusamos cual judío a invertir unos pocos bolivianos en tomarnos una taza de café, una cena, un almuerzo; con ese, esa o esos alguienes de carne y hueso.
Como virus gripal de la época, como polvo, la soledad nos va  contagiando en silencio, nos lleva al silencio del espíritu o a la más banal e insípida verborrea del cuerpo. 

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